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Miguel Martín
Sin paz no hay revolución posible
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Lo ha dicho Castro: “Suenan trompetas de guerra en Suramérica”. La escalada verbal entre Uribe y Chávez alcanza finalmente visos de ser algo más que dialéctica. Se despachan tanques a la frontera, se expulsan embajadores y los discursos y apariciones públicas, ya de por sí caldeados, aumentan un punto la retórica del enfrentamiento. Tal vez no sea esta vez, aunque no cabe duda que la situación es alarmante. Tal vez las aguas vuelvan por ahora a su cauce, en espera de una ocasión futura que desencadene el conflicto. Espero de todo corazón que éste no se produzca nunca, porque me repele la perspectiva de ver a un pueblo matándose con otro por intereses de Estado, sea cual sea la circunstancia. Pero de momento todo apunta al pesimismo.

Porque la verdad es que una retórica belicista favorece tanto a Uribe como a Chávez, y quizás más aún a este último. Lo cierto es que el discurso revolucionario del Comandante está en una de sus horas más bajas. Tras la derrota del 2 de Diciembre, el primer varapalo electoral que recibe, se han abierto las compuertas del descontento dentro del chavismo. Pero no ese que sale en las televisiones haciendo declaraciones altisonantes, sino el del pueblo, ese que se abstuvo y causó la derrota de la reforma constitucional, el mismo que está harto de Mercales desabastecidos y Misiones abandonadas mientras que la boliburguesía se pasea en carros caros. Ese que denuncia los casos de corrupción y se enfrenta a la burocracia del Ministerio del Trabajo y a cambio sólo recibe perdigonadas de la Guardia Nacional. Precisamente el mismo al que el chavismo más cercano al presidente denomina desviación ultraizquierdista o anarquista, o del que se dice que no está preparado para el socialismo después de nueve años esperando a que se mueva ficha de verdad, y que se desespera de ver todos los guiños de Chávez a la derecha en los últimos meses. No en vano se multiplican desde el poder constituido las llamadas a la disciplina interna, a hacer piña para el esfuerzo electorero que se avecina. Todo ello, como no, junto con las expulsiones fulminantes por orden presidencial del PSUV de los que levantan la voz, aunque sea para denunciar un caso de corrupción, y a pesar de que el tal partido aún no está ni constituido, ni tiene estatutos, ni nada, aunque ya tenga comité disciplinario.

No es la primera vez que cuando se agota la retórica revolucionaria de un movimiento populista, se recurre a un nacionalismo rancio, vociferante y agresivo. Es el mejor remedio contra la disensión, porque al tener un enemigo externo, se le puede asociar cualquier amenaza interna a la estabilidad del régimen, y así se resuelve el problema de los críticos, porque sin duda han de estar a sueldo del enemigo. De esto ha habido mucho en Venezuela: que si Bill Gates implanta chips a la gente, que si no se quién trabaja para la CIA, en fin, lo de siempre. En realidad un conflicto abierto con Colombia sería tan sólo un paso más en esa retórica, la tabla de salvación de un chavismo que pierde el norte y la base. Por eso no es de extrañar que aunque el problema principal sea la violación de la frontera ecuatoriana por tropas colombianas, el gobierno venezolano se apresure a participar en la refriega y aumente la tensión movilizando tropas, en lugar de jugar el papel de pacificador del que realmente se podría beneficiar diplomáticamente.

Por supuesto Uribe también vive de la confrontación. Ha dado todos los pasos posibles para sabotear cualquier diálogo con la guerrilla, para impedir la liberación de los secuestrados, para fomentar una solución armada al conflicto (o lo que es lo mismo, su perpetuación), porque con ese discurso llegó al poder, y ya anda sondeando la posibilidad de una reforma constitucional que le permita una nueva reelección. Por cierto, hay coincidencias que asustan.Y si no que me expliquen qué es eso de matar al mediador en la liberación de Betancour unos días antes de que se anuncie su posible liberación. Desde luego, ha dado muestras claras de preferir una guerra en toda regla a un acuerdo pacífico. La suya siempre ha sido una política agresiva y paramilitar, que equipara los intentos de organizar una sociedad civil viva y activa, una necesidad urgente en Colombia después de sesenta años de conflicto, con el apoyo a la guerrilla. De nuevo una muestra de cómo se puede usar el enemigo existente para perseguir lo que se concibe como una amenaza. Por supuesto con el apoyo de los Estados Unidos, que sería el más beneficiado de un conflicto que encenagase a Venezuela en una larga guerra. Desde luego, no hay nada tan grato para el poder establecido como el consenso, y Uribe lo explota todo lo que puede, hasta el punto de que los uribistas ya tachan a cualquier crítico con el gobierno de guerrillero, por no hablar de sindicalistas, defensores de derechos humanos, etc. Uribe ha hecho una apuesta por el poder personal a costa de todos los colombianos, que ahora se ven amenazados por la posibilidad de una guerra, tanto como por la vuelta de las FARC a la campaña de atentados indiscriminados. Desde luego, debe haber pocos pueblos en el mundo que sufran tanto a sus gobernantes como el pueblo colombiano.

Al fin y al cabo una guerra sólo va a servir para perpetuar a ambos dirigentes en el poder, cada uno agitando los trapitos de colores que tanto emocionan a los nacionalistas, unas banderas que en este caso son dolorosamente parecidas. Y mientras tanto el pueblo desangrado, en una guerra que no es la suya, la de clases, llorando a sus hijos, sin justicia, ni pan, ni paz. Seguro que ni los burgueses, ni los políticos, ni los burócratas van.

Pero en el caso de Venezuela hay un mal añadido. Que nadie dude, que en el caso de una guerra se acaba la revolución. De nuevo los políticos de todo pelo le van a cambiar al pueblo su esperanza por espejitos de colores, en este caso balas y machetazos. En el caso de un enfrentamiento armado, nada más fácil que intensificar los llamados a la disciplina, descalificar a los que se atrevan a tomar una iniciativa que no parta del gobierno; nada más fácil que cambiar las prioridades, de la construcción del socialismo del siglo XXI a la victoria en la guerra. Eso del socialismo, para después, para cuando se pueda, si es que se puede. Ya se vio en España, y al final uno se queda sin la revolución, sin la guerra y bien jodido.

Como siempre, la única solución a la locura de los gobernantes es el pueblo, una marea revolucionaria que se lleve por delante a los demagogos, populistas y vende madres de ambos lados de la frontera, y se dedique a construir la sociedad civil fuerte, desde abajo, independiente del poder que se perpetúa a sí mismo. Una sociedad auto-organizada, revolucionaria por talante y naturaleza, sin liderazgos cegadores, internacionalista y solidaria. Que reconozca que el pueblo colombiano, el venezolano y el ecuatoriano, son hermanos por muchas cosas, en sufrimiento, y por su deseo de paz y de justicia. Y para empezar, nada mejor que no dejarse engañar por proclamas bélicas y rechazar radicalmente la guerra entre estados, cualquier guerra, excepto la de clases. La movilización por la paz tiene que empezar en cuanto comienzan a sonar los tambores de la guerra. Para luego es tarde.

Miguel Martín

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