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Jean-Pierre Garnier
Condiciones y vías para el retorno de un pensamiento crítico «radical» acerca de la ciudad (1)
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Jornadas de la Fondación Madrilena de Investigación

« Ciudad y reproducción social »

Ayuntamiento de Madrid

7 de marzo 2011

Voy a tomar como punto de partida el mótivo central de estas jornadas: la pérdida que ha sufrido la izquierda en su capacidad de reflexionar sobre la dimensión clasista de la urbanización contemporánea y lo que eso implica en los terrenos teórico y político. El tema de mi conferencia va a girar en torno a las condiciones y vías para el renacimiento necesario de un pensamiento realmente crítico -“radical”- sobre la ciudad. Y esto porque, para nosotros, es decir para la gente que no ha renunciado a su ideal de una transformación social diferente de aquella impuesta por la evolución del capitalismo [1], la investigación urbana se halla en una encrucijada. La alternativa es clara: ¿nuevo curso o alineamiento?

Para empezar, y esto será el objeto de la primera parte de mi ponencia. hay que volver a las causas de lo que podemos llamar una “despolitización” de las problemáticas en el transcurso de los años 80-90 del siglo pasado. Propondré algunas hipótesis e interpretaciones acerca de esta evolución -o más bien involución- ideológica en el campo de la investigación urbana, un fenómeno que no es exclusivo de España, ya que ha caracterizado el conjunto de los países de Europa del Sur, Francia en primer lugar. Traté específicamente este asunto en un libro publicado en castellano en 2006 por la editorial Virus [2]. Pero lo que pensé y escribí en aquel momento ya no me parece tan válido hoy en día. No digo esto por lo que se refiere a las causas del eclipse del pensamiento crítico acerca de lo urbano, sino por la perspectiva bastante pesimista en que se situaban mi interpretación.

En efecto, desde hace algunos años, por lo menos en Francia, se observa un incipiente despertar de este pensamiento, especialmente en el ámbito disciplinar de la Geografía urbana y, en un grado menor, también en el de la Sociología. Se trata de un despertar aun tímido, que no tiene eco en las instituciones donde se forman los arquitectos y urbanistas, y que no ha dado aun lugar a ninguna corriente crítica nueva dentro de las disciplinas mencionadas, si bien es cierto que la temática ambigua de la “justicia espacial” gana influencia en la Geografía urbana. A ello hay que añadir que ningún pensador anticonformista de altura ha destacado en Francia lo suficiente como para imponerse en el campo científico urbano ni siquiera a nivel local.

Sin embargo, este despertar incipiente es obvio. Se manifiesta principalmente a través del descubrimiento o redescubrimiento de dos autores marxistas: uno importado, el geógrafo inglés David Harvey, y el otro exhumado, el sociólogo francés Henri Lefebvre. Del primero, han empezado a ser traducidos al francés artículos y libros; del segundo, se reeditan poco a poco trozos de sus obras. Y, a pesar de ser aun minoritarios, entre las nuevas generaciones, aumenta el número de profesores e investigadores que encuentran en estos escritos una fuente de inspiración y que ven cómo, tanto los colegas de mayor edad que hacía mucho tiempo que habían abandonado las posiciones “contestatarias” de su juventud, como los reformistas o reformadores que nunca habían compartido estos ideales, están ahora “cogiendo el tren en marcha”, como comúnmente se dice, para no parecer “trasnochados”, calificativo descalificante que ellos mismos solían utilizar hasta hace no tanto precisamente para rechazar los enfoques materialistas y progresistas del fenómeno urbano.

No obstante, esta “recuperación” no está libre de deformaciones e intentos de neutralización, como demuestran, por ejemplo, las confusiones (por no decir tergiversaciones) en torno al concepto de “ derecho a la ciudad ” o de “ autogestión territorial ”, remplazado por aquello de “ democracía participativa ” que es sólo une versión edulcorada y manipuladora de esta. ¿ Cómo, entoncès, enlazar con la herencia del pensamiento crítico en el campo urbano, no para rescatarlo intacto, sino para completarlo, adaptarlo, actualizarlo y profundizarlo para que nos ayude a oponernos de une manera decidida y eficiente contra la urbanización capitalista ? Esto será el objeto de la segunda parte de mi ponencia.

La cuestión anterior, cualquiera que sea la (o las) respuesta(s), colleva
otra : ¿ como enlazar igualmente el contacto con los movimientos sociales Pues la lucha a entablar no es solamente de orden teórico. Su eficiencia práctica dependerá de la capacidad de los investigadores, de los profesores y de les profesionales del urbanismo de articular su reflexión con un compromiso efectivo con los vecinos que resisten o reivindican para que la transformación de las ciudades no se haga a expensas de ellos. Un acercamiento tanto más necesario cuanto que la crisis actual del capitalismo, que tiende no solo a durar sino también a agravarse, no puede más que hacer más aguda la crisis urbana. Esta será la última parte de mi intervención.

1. De la efervescencia a la evanescencia

Quizás los veteranos aquí presentes, de los cuales formo parte, se acuerden de los años fastos, intensos pero breves — menos de 10 años
(en Francia: 1967-1975) —, cuando la reflexión erudita sobre la ciudad y, más aún, sobre la sociedad había tomado un rumbo claramente izquierdista, principalmente bajo la influencia de una sociología que se llamaba “crítica” y que procedía de Francia. En efecto, bajo la marca halagüeña de « Escuela francesa de sociología urbana », la teorización marxista de la ciudad había enraizado en Europa y en Latinoamérica. Dos nombres simbolizaban este rumbo: uno francés, Henri Lefebvre; otro español o, más bien, catalán, Manuel Castells; con dos obras de referencia: El derecho a la ciudad y La cuestión urbana [3]. Estos dos autores, seguidos por otros varios, se valían del pensamiento de Marx; el primero, mezclándolo con aportaciones situacionistas, el segundo, haciendo una versión «estructuralista » de influencia althusseriana. Mientras el manifiesto lefebvriano sobre el derecho a la ciudad marcó brillantemente la apertura de un nuevo frente ideológico en la lucha anticapitalista, la corriente estructural-marxista dio lugar a una producción científica — o presentada como tal — abundante en el campo de la investigación urbana. Se puede además apuntar, para completar el cuadro, la aparición de un grupo de investigadores de obediencia foucaltiana, dedicados a evidenciar el control y el condicionamiento a
que eran sometidos los ciudadanos por los «equipamientos del poder»,
es decir, por los aparatos del Estado llamado «social» (o «de bienestar»). ¿A qué factores se puede achacar este florecimiento repentino en Francia de un pensamiento crítico sobre lo urbano, un pensamiento « radical » avant la lettre?

Desde luego, el primero es la coyuntura política particularmente agitada propia a Francia, aún si una situación semejante se perfilaba en Italia, antes que España y Portugal fuesen alcanzados, aunque en un grado menor, por la contaminación izquierdista. Un término calificaba y resumía esta efervescencia que se manifestaba tanto en los espíritus como en la calle: la «contestación» del orden establecido. De hecho, si “la ciudad” se había convertido en objeto y lugar de la lucha de clases para los investigadores marxistas o para los tourainianos estudiosos del «movimiento social nuevo» llamado «urbano» para distinguirlo del movimiento obrero, esto tenía lugar en un contexto socio-histórico específico, aquél en que la urbanización o, más bien, el urbanismo, entonces bajo la batuta de un Estado intervencionista y planificador cuya política urbana aparecía directamente sometida al capitalismo industrial y bancario en curso de concentración y centralización, suscitaba cada vez más rechazo y resistencia por parte de la capas populares e incluso de la fracción modernista de las clases medias que el sociólogo Pierre Bourdieu y sus seguidores calificaban como una «nueva pequeña burguesía». Movimientos reivindicativos y movilizaciones sociales se sucedían en las protestas contra la « crisis de la vivienda », la « especulación inmobiliaria », la « renovación-deportación », las «escasez de equipamientos públicos », los « proyectos destructores del marco de vida », etc. A los ojos de los investigadores y militantes « contestatarios », la « vía democrática hacía el socialismo » estaba ya trazada: articular el movimiento obrero con las « luchas urbanas », que tenían la ventaja de ser multiclasistas y implicar fracciones amplias de la población que, por lo demás, estaban desorganizadas y poco politizadas. Para poner en marcha esta estrategia donde los « contra-poderes populares », apoyados por los partidos de izquierda o por los grupos de extrema izquierda, pondrían un punto final a la dominación de la burguesía sobre la ciudad y, más allá, sobre la sociedad entera, hacía falta, desde luego, « una teoría revolucionaria y científica de lo urbano » que sólo los investigadores progresistas estaban en condiciones de elaborar.

Sucedió, sin embargo, que, mientras esperaban poder desempeñar el papel de consejeros del pueblo, muchos de estos investigadores se apresuraban en paralelo a aconsejar al Príncipe, es decir, a los dirigentes de derechas en el poder, si no sobre la política que debieran emprender para yugular la « crisis urbana », sí, al menos, sobre el origen complejo de dicha crisis. Porque, en efecto, por paradójico que pueda parecer a primera vista, hay otro factor que favoreció el auge de estos trabajos científicos duramente críticos frente a la urbanización capitalista: el apoyo institucional y financiero del Estado. Mientras que los gobiernos de la época llevaban una política urbanística dirigista y segregativa que tropezaba con una oposición creciente de los habitantes que la sufrían, era el Estado mismo el que, a través de sus órganos y de un puñado funcionarios de alto rango, fomentaba investigaciones orientadas hacía una « deconstrucción» teórica y analítica de esta política. Así, se encargarán informes a los investigadores más conocidos de aquella sociología crítica, a los cuales se sumarán algunos geógrafos, historiadores y antropólogos progresistas. Coloquios y jornadas fueron organizados con representantes de los departamentos ministeriales interesados. Publicaciones fueron financiadas para hacer conocer los resultados de los estudios y debates. En casi todos los casos, las temáticas provenían, directamente o no, de las luchas populares que, simultáneamente,
estaban siendo mantenidas en la calle. ¿Cómo interpretar esta paradoja?

En realidad, lo que pudiera parecer una paradoja obedecía a una lógica clásica a la que recurren los sectores más lúcidos de las clases dirigentes en las situaciones de crisis. Confrontados con contradicciones « urbanas » que acababan de añadirse a muchas otras, los gobernantes de la época debían, en primer lugar, para superarlas, tratar de comprenderlas; algo de lo que eran incapaces los ingenieros, geógrafos clásicos y otros « expertos » en materia de ordenamiento del territorio y urbanismo, es decir, aquellos de los que los responsables de las decisiones en este ámbito se habían rodeado hasta entonces. Así que, ¿quién mejor que algunos investigadores jóvenes recién salidos de un mundo universitario apenas
« democratizado » y todavía marcado por las turbulencias del 68 para escudriñar, con la ayuda de la dialéctica marxista, los « problemas urbanos », en provecho de tecnócratas desconcertados por los « efectos perversos » de una política urbana cuyo carácter político –esto es, de clase- se les escapaba completamente?

Queda por saber por qué estos investigadores aceptaron con tanta facilidad el poner sus investigaciones llevadas « a la luz del marxismo » al servicio de un « capitalismo monopolista de Estado» -por emplear una fórmula que les era muy querida- cuyo impacto nocivo sobre la evolución del mundo urbano seguían, al mismo tiempo, denunciando.

Esta colusión a priori sorprendente entre nuevos titulados en « ciencias de la ciudad » que alardeaban de anti-capitalistas y administradores o ingenieros estatales encargados de « regular », a falta de resolver, las contradicciones ya bautizadas como « disfunciones » de la urbanización del capital, tiene una explicación tan fácil de entender como difícil de admitir por los « interesados ». Estriba en la pertenencia de clase de aquellos que, en el transcurso de aquellos « años locos » de un estilo nuevo, se reivindicaban « contestatarios » e, incluso, revolucionarios.

En una « historia sociológica de la sociología urbana » francesa del período 1965-1995, un sociólogo resume de qué « encuentro» fue fruto ese auge efímero de un pensamiento crítico sobre la urbanización capitalista: aquél en que se reunieron « por un lado, funcionarios de alto rango enredados en las contradicciones de la planificación urbana y, por otro lado, cohortes nuevas de universitarios cuya impetuosidad crítica estaba estimulada por la disparidad entre las esperanzas y las posibilidades de carrera intelectual » [4].. Entre el afán de ascensión profesional y de reconocimiento social de los segundos y la necesidad de los primeros de adquirir algunas claves de interpretación para coger de nuevo las riendas de los procesos urbanos, el análisis marxista proporcionó un terreno de acuerdo. Como apunta el autor citado, la sociología crítica fue, para los recién llegados a la escena académica, « un viático para conseguir un lugar en los juegos de lenguaje acerca del cambio social. Los tormentos de la tecnocracia les ofrecen salidas profesionales y ámbitos de ejercicio ». El enlace institucional de estos investigadores con un « Estado burgués » que ellos fustigaban por demás llevará a uno de sus colegas a plantear de modo irónico una cuestión y a responderla inmediatamente: « Encarados con el Estado, los sociólogos? Sí. Pero bien pegaditos » [5].. Una respuesta que obliga a tocar otra cuestión de la que se deriva la anterior: la de la relación ambigua de la fracción de clase a la que pertenecen los investigadores y profesores universitarios, a saber, la pequeña burguesía intelectual (PBI), con la clase dominante, vía el Estado. Es ésta relación la que explica, en gran parte, primero, el éxito y, luego, el eclipse del pensamiento crítico « radical » sobre lo urbano [6] y, yendo un poco más allá, también las incertidumbres ideológicas y políticas que marcan hoy en día su renacimiento.

Habiéndoles sido asignadas, por la división social del trabajo en las sociedades capitalistas « avanzadas », las tareas de mediación (concepción, organización, control, inculcación), la PBI no es sólo una clase media o “mediana”, sino, ante todo, una clase mediadora imprescindible para la reproducción de las relaciones de producción capitalistas, ya que constituye el enlace entre la burguesía (privada o pública) encargada de las funciones de dirección y el proletariado, obreros o empleados, condenados a las tareas de ejecución. Sin entrar en el detalle de la restructuración de las alianzas de clases que permitirán a la burguesía de los países del Sur europeo renovar, en el transcurso de los años 70, el bloque en el poder que garantizaba la conservación de su hegemonía, se puede utilizar una formulación del sociólogo Pierre Bourdieu a propósito de lo que sucedió por la PBI: ascender del status de « fracción dominante de las clases dominadas » a « fracción dominada de las clases dominantes », con la inversión de alianzas que eso conlleva. En la fase que precede a este vuelco, los efectivos, el papel y la influencia de la PBI había crecido en la medida en que lo hacía la « modernización » del capitalismo, mientras que su ascensión política quedaba bloqueada por el sistema de poder vigente: el régimen autoritario en Francia, la preponderancia democrático-cristiana reaccionaria en Italia y las dictaduras en España y Portugal. Este bloqueo originó una frustración entre los neo-pequeños burgueses que provocará, entre los más ambiciosos y dinámicos, que eran también los dotados de mayor capital escolar, una radicalización ideológica qui irá más allá de las posibilidades históricas normalmente ofrecidas a esta fracción de clase en un país capitalista desarrollado: la de acceder al poder a través de partidos social-demócratas o, más bien, social-liberales como clase gobernante, pero no como clase dirigente [7].. En Francia, esta radicalización la llevará a soñar echar abajo no sólo el gobierno gaulista, sino también el régimen de la Quinta República y aún, en la franja más extremista, el capitalismo. Ésta fue la razón principal del éxito obtenido entre muchos intelectuales neo-pequeños burgueses por un marxismo renovado que ellos, a su vez, se emplearán en renovar.

Este éxito será de duración bastante corta. El disparo de advertencia que fueron los « acontecimientos » de mayo del 68 y que se pueden analizar como la insurrección de una pequeña burguesía intelectual que, por citar un famoso slogan de la época, anhelaba « poner a la imaginación –esto es, a ella misma- en el poder », convencerá a los gobernantes de derechas más conscientes y abiertos de la necesidad de incorporar cuanto antes en los aparatos de Estado y mediáticos a los jefes de fila de la « contestación ». Fue así cómo, bajo los auspicios de la « nueva sociedad » promovida por el Primer Ministro Jacques Chaban-Delmas y, después, por el « liberalismo avanzado » giscardiense, la universidad y la investigación en ciencias sociales, y también las instituciones culturales, van a abrirse ampliamente a los tenores del discurso crítico. La creación de la Universidad Paris VIII en el bosque de Vincennes como bastión de la subversión subvencionada proporciona un buen ejemplo de esta « recuperación », anatema que significativamente desaparecerá del vocabulario común cuando se culmine el proceso que esta palabra designaba. Como me confiaba a este propósito el presidente de la República, Georges Pompidou, durante una entrevista privada: « Con el señor Edgar Faure [ministro de Educación Nacional en la época], habíamos convenido en ofrecer a todos esos agitados un patio de recreo intelectual. Ellos harán la revolución en las aulas y así nosotros tendremos paz en la calle ». Y esto fue, efectivamente, lo que pasó.

Convertidos en los nuevos mandarines de sus disciplinas respectivas, los profesores-investigadores que soñaban dar un vuelco al orden social no tardarán en abandonar, en lo urbano como en otros asuntos, sus veleidades « revolucionarias » por un reformismo cada vez más moderado. Esta evolución se acentuará con la conquista del poder local por la izquierda institucional en las ciudades importantes tras las elecciones municipales de 1977 — la « ola rosa » —, sirviéndose de un slogan lefebvriano para movilizar a los electores: « Cambiar la ciudad para cambiar la vida ». La evolución se rematará al principio del decenio siguiente, cuando los dirigentes del PS, secundados por los del PCF y del Movimiento radical de izquierda, alcancen la cima del Estado.

A pesar de ello, en la mitad de los años 70, el contexto socio-económico habría podido resultar propicio para un fortalecimiento de la corriente crítica en las ciencias sociales. Por una parte, los « treinta gloriosos », es decir, de los tres decenios de post-guerra en los que aumentó de forma general el nivel y se redujeron las desigualdades tocaron a su fin y las tensiones sociales se agravaron: desempleo, precariedad, pobreza, desindustrialización, política económica de « austeridad »… y otros tantos síntomas de una « crisis » del capitalismo que, de hecho, no eran otra cosa que los efectos de la puesta en marcha de un nuevo modelo de acumulación fundado en cuatro pilares: tecnologización, transnacionalización, flexibilización y financiarización. Por otra parte, el aflujo de profesores y estudiantes de origen popular provocado por la reforma « democrática » de la universidad proporcionaba un mantillo sociológico que era favorable a priori a una radicalización ideológica en las materias enseñadas.

Pero si las condiciones objetivas propicias a semejante radicalización, como hubieran dicho los marxistas, estaban dadas, no sucedía lo mismo en cuanto a las condiciones subjetivas. Por las razones indicadas más arriba, el « sujeto histórico » de una eventual reanudación de la lucha ideológica anticapitalista en el frente urbano, es decir, la « ola nueva » de los titulados seducidos por el marxismo, se había ido haciendo mucho más juicioso a medida que sus representantes progresaban en el seno de las instituciones de enseñanza y de investigación.

Ciertamente, la penosa firma de un « Programa común » de los partidos de izquierda en la perspectiva de las elecciones presidenciales de 1974 incitó a los profesores-investigadores militantes o simpatizantes del PCF a redoblar sus esfuerzos para « marxizar » la reflexión sobre la urbanización y el urbanismo. Los numerosos libros, artículos y jornadas de estudios que produjeron en ese momento —casi siempre con ayuda del Estado— dejaban claro que la « ciudad capitalista » estaba « en crisis », una crisis urbana que remitía a la crisis del llamado « capitalismo monopolista de Estado », concepto de moda en las filas del Partido comunista. Para resolverla, había una sola solución y no era, desde luego, « la revolución » que preconizaban aún los grupos ultra-izquierdistas en declive, sino una « democracia avanzada que abriese la vía al socialismo ». Pero la llegada al poder de la coalición de izquierda iba a disipar rápidamente la ilusión de una « transición gradual y pacífica » de Francia al socialismo. Al cabo de apenas dos años de ejercicio del poder, la « unión de la izquierda » se deshacía y abría la vía a un neo-liberalismo que, en adelante, no encontraría contrapeso político para refrenar sus excesos. Los marxistas de cátedra a la deriva entraron en vereda, siguiendo sin pena los imperativos y las normas de la cientificidad académica. Guardados en el múseo de las quimeras, los « proyectos de sociedad » dejaron el sitio a los planes de carrera.

Hay que decir que, en el transcurso de los años 80, la « realista » adhesión de los gobernantes « socialistas » a la « economía de mercado » — ya no se volverá a hablar de « capitalismo » — modificaría profundamente el estado de ánimo del « pueblo » con el que los intelectuales progresistas se habían declarado anteriormente solidarios. Las « alternancias » politiqueras sin alternativa política provocaron en él reacciones que pueden resumirse en dos palabras: desencanto y desmovilización. A ello, se le añadió el derrumbe de los regímenes injustamente llamados « comunistas » y la mutación de los ex-nomenklaturistas privilegiados del capitalismo estatal en « oligarcas » afortunados del capitalismo privatizado, acabando de convencer a la mayoría de la gente de que este modo de producción es, efectivamente, el horizonte insuperable de nuestro tiempo y de otros por venir.

Dejada a sí misma, es decir, a sus determinaciones de clase, la pequeña burguesía intelectual cumplirá sin rechistar, de ahora en adelante, las funciones que estas determinaciones le asignan: a los investigadores en ciencias sociales, concebir teorías ad-hoc para transformar y tratar las cuestiones que se plantean los responsables en problemas « científicos »; a los profesores, quienes son también a veces los mismos individuos, inculcar a los estudiantes los resultados de esas reflexiones.

Así es cómo la orientación crítica de la investigación urbana respecto al capitalismo se borró poco a poco en provecho de un enfoque de los fenómenos socio-espaciales supuestamente « desideologizado », cuya neutralidad postulada garantizaría su « cientificidad ». ¡Como si los debates acerca de los « problemas urbanos » no mezclasen inextricablemente ciencia e ideología (aunque sólo sea por la selección de nociones o de conceptos utilizados) y como si las ciencias sociales no estuviesen impregnadas de presupuestos, incluso de prejuicios, de orden ético, filosófico o político! Típica de estos nuevos tiempos « post-modernos », identificados con el « post-socialismo » por una intelligentsia domesticada, esta coartada de la cientificidad ha sido, de hecho, puesta de nuevo en vigencia como arma de disuasión contra los puntos vista no conformes a aquel « pensamiento tibio » que, según el historiador marxista inglés Perry Anderson, ha acabado asfixiando la vida intelectual francesa en el momento mismo en que el siglo XX llegaba a su término [8].

Notes :

[1Contrariamente a une vision optimista y voluntarista difundida en/por la intelectualidad marxista de los años 70, es falso que « les moviments sociales urbanos, y no las instituciones de planificacion», sean « las unicas fuentes de cambio y de inovacion en la ciudad ». (Manuel Castells, Luttes urbanes, Maspero, 1975).

[2Jean-Pierre Garnier, “La voluntad de no saber”, in Contra los territorios del poder. Por un espacio público de debates y… de combates, Barcelona: Virus editorial, 2006.

[3Desde 1968, Manuel Castells, muy influenciado en esta época, como su colega catalán, el geógrafo Jordi Borja, por el precepto maoísta de « poner la política en el puesto de mando », incluso en las ciencias sociales, había escrito un artículo bastante polémico y que tuvo gran resonancia entre los sociólogos (« Y a-t-il une sociologie urbaine ? », Sociologie du travail, n° 1, 1968). En él, Castells ajustaba cuentas con el « mito de una cultura urbana », como haría también más tarde con la « ideología urbana » y su teórico principal, Henri Lefebvre, acusados de ocultar la división de clases, las contradicciones sociales y las relaciones de producción capitalistas.

[4Pierre Lassave, Les sociologues et la recherche urbaine dans la France contemporaine, Presses universitaires du Mirail, Toulouse, 1997

[5Michel Amiot, Contre l’État, les sociologues, EHESS, Paris, 1986

[6Resumo aquí los análisis desarrollados en otros escritos. Cf Jean-Pierre Garnier, « La critique radicale a-t-elle encore droit de cité ? » (Espaces et Sociétés, n° 101-102, 2000) y, en español, « La voluntad de no saber», in Jean-Pierre Garnier, Contra los territorios del poder. Por un espacio de debate… y de combate, Virus editorial, Barcelona, 2006.

[7Nicos Poulantzas, Pouvoir politique et classes sociales, Petite collection Maspero, Paris, 1969

[8Perry Anderson, La pensée tiède, Seuil, 2003.



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